Carta de mi sobrina la “knowmad”

Querido tío Jaime:

Sentada en una mesa del “Restaurante Español”, acá en Santa Fe, Argentina, aprovecho para escribirte, como lo he hecho otras veces, para compartir contigo mis “aventuras de expatriada”.

Resulta curioso que ni mi condición de periodista me ayude a calificar, con coherencia y síntesis, el momento que estamos viviendo. Dudo en si es bueno o malo,  en si estoy feliz o triste. Con el corazón en la mano, no te puedo decir lo que siempre aspiro a compartir con los que nos quieren, el ansiado “estamos bien, como siempre”.

Te contaré, sin reparos, lo que agolpa mi cabeza y embebe mi espíritu en este momento “único” en nuestra vida.

Empezaré por relatarte mi sonrisa. En pocas horas emprendemos rumbo a casa por Navidad. Hace ocho largos meses que no abrazo a mis padres, me rio a carcajadas con mis hermanos, comparto un vino con los amigos de siempre, achucho y consiento a mis sobrinos,… Me entenderás cuando te digo que estoy feliz, entusiasmada y emocionada, tanto o más que cuando era una niña y esperaba con ansia estas fechas.

Siempre he disfrutado la Navidad, pero desde hace ocho años, desde que marché de Santander a tierras lejanas, la ilusión se ha multiplicado a cotas inimaginables. Además, ahora, cuento con la inocencia y tierna infancia de mi hijo, de Gonzalo, que con sus tres años, me permitirá disfrutar doblemente de esta ilusión y vivir, a través de sus ojos, la magia de la Navidad por vez primera. ¿Tengo o no tengo suerte? Ya te contesto yo. Definitivamente, la tengo. Por ello, mi sonrisa es plena. Estoy feliz, inmensamente FELIZ.

Mi sobrina la Argentina, Knowmad, Expatriada

Ernesto, Gonzalo, Angelina

Pero las luces existen porque conviven con las sombras. Y en este punto es donde he de confesarte mi tristeza. Ayer, hace apenas doce horas, mis amigas me rindieron una emocionada despedida de Santa Fe. Y no era un “hasta luego”. Era un “adiós” completo, que, por protocolo, disfrazamos de “nos visitaremos”.  Hay quien crea que, por mi experiencia, estoy ducha en estas lides, pero mi armadura se desmorona en cada sincero “fue un placer conocerte”. No, no me acostumbro a entregarle mi corazón a personas, que positivamente sé que no volveré a ver en la vida. Da igual si he compartido con ellas dos años o contados meses. Odio esa mirada de tristeza que te entrega el que te aprecia, cuando tu rumbo exige no poder volver a tocar su puerta. Pero eso que odio, es condición inequívoca de mi rutina.

Santander, Madrid, Dublín, Trípoli, Benghazi (Libia), Perth (Australia), Panamá y Santa Fe (Argentina). Ocho años de expatriada, en que mi dirección ha cambiado hasta en siete ocasiones. Cada destino fue una aventura de emociones, de buenas y malas experiencias. A todos acudí con la mirada clara y la mente abierta y, de todos, salí agradecida y un poco más sabia. En ocasiones, he padecido en mis carnes la cara más amarga de la vida, pero siempre he llenado mi maleta de vivencias únicas e inalcanzables para la mayoría.

En el camino, me he doctorado en el noble arte de la adaptación. Hay quien dice que es un síntoma de inteligencia, pero, para mí es norma vital y de obligado cumplimiento para la supervivencia.

Ahora bien, en este momento, el que ahora nos ocupa, aquel que te describí al principio como “único”, vivimos un obligado traslado a otra ciudad. Por órdenes de quienes de momento dirigen nuestro destino, cuando regresemos a Argentina en enero, no lo haremos a Santa Fe, ya que nos reclaman a más de mil kilómetros de aquí, en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires.

Como comprenderás, cuando recibimos la noticia el pasado viernes, no lo creíamos. Hace apenas cuatro meses aterrizamos en esta ciudad. Estábamos felices, porque hallamos la rutina cotidiana en tiempo record. Hace pocas semanas comentaba con Ernesto: “Me siento feliz, tranquila, estabilizada”. Gonzalo estaba encantado en su nueva escuela, enamorado de su profesora Lucía y jugando con sus nuevos mejores amigos. Ernesto ya le había tomado el pulso al nuevo equipo y proyecto y, yo, increíblemente, había reencontrado a mis musas , el aliento, e inspiración a mi trabajo. Pensábamos que estaríamos hasta 2016, pero como siempre digo a todo aquel que me pide respuesta a mi futuro “No se puede hacer planes”. Qué duro. Ahora me entenderás. No puedo evitar estar triste y desencantada, por tener que romper los pilares que hace tan poco había levantado.

Sí, ya lo sé. Reconstruiré cada pedazo allá donde vayamos. Reencontraré la estabilidad y la rutina perdidas en el hueco que dejamos. Todo eso lo sé, pero ahora mismo, en este instante, permíteme estar triste. Santa Fe y la experiencia que acá vivimos lo merecen.

Lo bueno de todo lo que ahora te describo, es que no abandonamos tierras argentinas. En ello encuentro paz en la ansiedad propia del cambio. Vivido lo vivido, puedo asegurar sin equivocarme, que de todos los lugares en los que nos hemos establecido, si no pudiéramos regresar a España, Argentina, sería el mejor destino para nosotros. La gente es incansablemente amable, generosa y hospitalaria. Aún no me encontré con nadie que me pusiera mala cara. Todo lo contrario. Solo con abrir la boca, te reconocen “¿Sos gallega? ¡Qué alegría! ¿Qué hacés acá? ¿De qué parte de España?”. Todos, sin excepción, arrancan contigo una cordial y feliz “plática” acerca de sus orígenes, encontrando en tu “tonada” el alimento a un cariño desmedido por España. No puedo evitarlo. Disfruto de cada una de esas charlas. Les escucho y les cuento todo aquello que quieren saber. Y es que mi experiencia me ha desmostrado que ese amor no lo encuentras en cualquier lugar del mundo. Aún recuerdo como en Panamá, no hace tanto, hubo ocasiones en que tuvimos que esconder nuestro origen para no tener problemas con extraños.

Por eso, por su calidez, por hacernos sentir como en casa, por todos, los peronistas y no peronistas, con su inflación, con su asado y sus mates, con todo y por todo ¡Viva la Argentina!

Me equivoqué. Sí sé cómo me siento. En el fondo, aún a pesar de todo, me siento feliz y agradecida a la vida. Pero no sólo por lo que vivo, sino, lo más importante, por con quien lo vivo. El equipo que formamos Ernesto, Gonzalo y yo, sigue unido y cada vez más fuerte. Compartir su sonrisa es mi aliento y mayor aspiración. Porque no, no soy expatriada, soy “knowmad” (nómada), ya que solo en su abrazo encuentro mi casa, mi hogar. Así que, sí, querido tío, “estamos bien, como siempre”.

Dale un beso a todos de nuestra parte. Os queremos y os echamos de menos.

Tu sobrina, Angelina